Oriente

Sabía que vendría, lo esperaba ansiosa. Se había puesto el camisón escotado en lugar de ropa elegante, solo para que él no sospechara que ella conocía sus intensiones. Tal vez pensó que era lo suficientemente idiota como para creerse que alguien podía irse a dormir usando semejante capa de maquillaje, el pelo planchado, las uñas hechas y con una camisola tan incómoda, pero con los hombres todo es posible, se dijo.

Terminó de acomodarse el pelo frente al espejo mientras repasaba en su mente la clásica escena. El aparecería entre las penumbras mientras ella, casualmente y como quien no quiere la cosa, pasearía por el balcón y lo sorprendería. ¡Silencio! ¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta, el sol!” diría él.

Repitió los diálogos frente al espejo como quien repite su lección sin aprenderla. Romeo vendría esa noche y cada palabra de su boca ya estaba escrita sin que él lo supiera. Saber la historia y vivirla mil veces era castigo solo de Julieta.

Julieta terminó por elegir una hebilla sencilla para hacerse una media cola en el pelo. No podía parecer que lo estaba esperando. Dio una última mirada a su aspecto antes de levantarse de la silla. Romeo no debía tardar en llegar. Normalmente a ésta hora ella ya estaba pidiéndole que negara su nombre.

Se acomodó en la cama a leer y a esperar.

Cuando el alba golpeó sus ojos, se encontró a sí misma aún sosteniendo el libro, sentada sola con su camisola, su pelo lacio y sus uñas pintadas. Se asomó una última vez al balcón y observó el verde árbol vacío. Era solo el oriente y Julieta se fue a dormir.

Mancha

Cerrar los ojos al sol y hacer desaparecer el mundo tras dos cortinas color piel. Manchitas rojas danzantes. Figuras de luz bailando al ritmo del silencio, del viento, del agua a lo lejos.

Soñé despierta que desaparecía y me convertía en mancha. Soñé que bailaba. Mi universo era solo el abismo de mis parpados. Me unía a otras manchas, me separaba y seguía bailando. El viento silbó con fuerza y las manchas cambiaron, pero ahí seguía yo, moviéndome furiosa entre las sombras rojizas de los árboles.

Cuando abrí los ojos el mundo estaba tal cual lo había dejado.

Simplemente era yo la que había cambiado.


Hormonal


Si estoy activa, estoy ovulando.
Si estoy de mal humor, estoy indispuesta.

Que loco enterarse de estas cosas que a una la exceden.

Del desamor...

La parte que más detesto del desamor es el dolor físico que produce. Esta soy yo tratando de no ser cursi, tratando de ser práctica: el mal de amores produce un dolor de estómago casi permanente, como si estuvieras a punto de cagar una granada.

Esa sensación de estar cayendo en una montaña rusa, de ingravidez, de incertidumbre. Más que de perro en cancha de bochas, a mi me gusta decir que me siento como MacGyver en el Easy, con una ansiedad espantosa que viene de las terribles ganas de dejar de sentirme como el culo.

La oxitocina, dicen, es la hormona de la felicidad, del enamoramiento. Es una sustancia que nos hace sentir bien, conectados con el otro, tranquilos. Si la vendieran en Farmacity ya hubiese vaciado las góndolas.

Por otro lado, no sé cuál es la hormona que te hace mirar el teléfono, chequear el correo a cada rato, mirar y mirar el reloj rogándole al cielo que te mande un condensador de flujos para viajar a cualquier momento en el que te sentías bien, pasado o futuro. De esa estoy por poner una fábrica.

Capaz que hablo puras estupideces, capaz que estoy haciendo las cosas mal y debería dedicarle un buen llanto a toda esta cuestión. Pero no puedo. Que se yo, usted me dirá que oculto mis sentimientos atrás de chistes boludos y que no es sano evitar sentirse triste, pero soy así, me aferro a lo único que me queda de la persona completa que era antes: este humor estúpido, la sonrisa fácil, estas ganas de reírme hasta que me duela la panza… o, por el contrario, hasta que deje de dolerme.

Insípida


A veces siento que estar conmigo es como tener un chicle desde hace mucho en la boca: cada vez más gusto a goma y menos a tutti frutti.