Sabía que vendría, lo esperaba ansiosa. Se había puesto el camisón escotado en lugar de ropa elegante, solo para que él no sospechara que ella conocía sus intensiones. Tal vez pensó que era lo suficientemente idiota como para creerse que alguien podía irse a dormir usando semejante capa de maquillaje, el pelo planchado, las uñas hechas y con una camisola tan incómoda, pero con los hombres todo es posible, se dijo.
Terminó de acomodarse el pelo frente al espejo mientras repasaba en su mente la clásica escena. El aparecería entre las penumbras mientras ella, casualmente y como quien no quiere la cosa, pasearía por el balcón y lo sorprendería. “¡Silencio! ¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta, el sol!” diría él.
Repitió los diálogos frente al espejo como quien repite su lección sin aprenderla. Romeo vendría esa noche y cada palabra de su boca ya estaba escrita sin que él lo supiera. Saber la historia y vivirla mil veces era castigo solo de Julieta.
Julieta terminó por elegir una hebilla sencilla para hacerse una media cola en el pelo. No podía parecer que lo estaba esperando. Dio una última mirada a su aspecto antes de levantarse de la silla. Romeo no debía tardar en llegar. Normalmente a ésta hora ella ya estaba pidiéndole que negara su nombre.
Se acomodó en la cama a leer y a esperar.
Cuando el alba golpeó sus ojos, se encontró a sí misma aún sosteniendo el libro, sentada sola con su camisola, su pelo lacio y sus uñas pintadas. Se asomó una última vez al balcón y observó el verde árbol vacío. Era solo el oriente y Julieta se fue a dormir.